La revolución de las cubanas: 50 años de conquistas y luchas
Mayda Álvarez Suárez Investigadora. Federación de Mujeres Cubanas (FMC).
Profundas transformaciones en la condición y posición de las mujeres cubanas han tenido lugar en el transcurso de los últimos cincuenta años, como resultado de la voluntad política de la dirección de la Revolución, y de la lucha por la igualdad de derechos y oportunidades de mujeres y hombres, encabezada por la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) y su presidenta, Vilma Espín.
Necesidades prácticas vinculadas a sus condiciones de vida y a la reproducción (empleo, igual salario por igual trabajo, círculos infantiles, seminternados, propiedad de la tierra, derechos sexuales y reproductivos) han sido tenidas en cuenta, así como otras de carácter estratégico, que permitieran cambiar su posición en relación con los hombres (educación, cultura, preparación técnica para empleos no «tradicionalmente» femeninos, promoción a responsabilidades de dirección, etc.). El acceso a importantes recursos y la posibilidad de decidir sobre ellos, además de modificaciones a la legislación, las instituciones y la educación estuvieron entre las medidas más importantes. La participación de las propias mujeres como protagonistas del desarrollo ha sido el elemento clave de todos estos procesos transformadores.
Cuba cuenta desde 1997 con una agenda de Estado para el adelanto de las mujeres: el Plan de Acción Nacional de Seguimiento a los acuerdos de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer, celebrada en Beijing, en 1995; aprobado con fuerza de Decreto-Ley al más alto nivel del Estado y tiene establecidos los mecanismos para su sistemática evaluación.1
Su seguimiento sistemático está a cargo de la Secretaría del Consejo de Ministros en coordinación con la Federación de Mujeres Cubanas, organización reconocida como el Mecanismo Nacional para el Adelanto de la Mujer, que acompaña este proceso como entidad crítica ante cualquier dificultad en la ejecución de las medidas.
Un análisis de la implementación de las políticas a favor de la mujer en los países del continente latinoamericano, muestra que su debilidad fundamental es que no son políticas de Estado y, en consecuencia, los cambios que se producen no son estables en el tiempo ni cuentan con la participación activa de las mujeres, al no siempre tomar en cuenta las demandas de sus organizaciones.2 A pesar de esto, se han dado pasos de avance en el camino de formular e implementar políticas con perspectiva de género.
En el caso cubano, las primeras medidas estuvieron encaminadas a dar respuesta a las necesidades de las mujeres desde la perspectiva de sus derechos y su participación como ciudadanas en todos los procesos. Paulatinamente, se han ido focalizando en las relaciones de género, sin desconocer la necesidad de medidas y acciones específicas a partir de desigualdades existentes.3 El tema de la igualdad de género no pertenece solo a una agenda, sino que es parte de una política democrática y de justicia social.
Transversalizar, con una perspectiva de género, instituciones, organismos, organizaciones, significa transformar normas administrativas, códigos e imaginarios internos de personas e instituciones.
La experiencia acumulada por el Mecanismo Nacional para el Adelanto de la Mujer en Cuba y las evaluaciones al Plan de Acción Nacional han permitido identificar avances y obstáculos, así como los desafíos para el futuro.4 Se constatan pasos importantes en materia de información y divulgación de estos compromisos gubernamentales para con la mujer, y una mayor conciencia en los decisores de política en los diferentes niveles e instancias del gobierno. Se aumentaron las acciones de capacitación en género de los implicados en diseñar, ejecutar y dar seguimiento a estas políticas; se ha ganado en la coordinación entre diferentes Ministerios, las demás ONG y la FMC; también en la organización e interpretación de los datos estadísticos, desde esa perspectiva, y en la aplicación de este enfoque en los programas de desarrollo a nivel local.
Los obstáculos fundamentales que ha enfrentado la institucionalización están relacionados con las dificultades materiales y las restricciones económicas que enfrenta el país, incluido el bloqueo de los Estados Unidos. Otros obstáculos son los relacionados con la designación y estabilidad del personal que se encarga de estas actividades en ministerios e instituciones, así como la insuficiente coordinación intersectorial para algunas medidas del Plan que así lo requieren.
Las limitaciones para que la institucionalización de género cumpla su mandato, además de las que afectan a la gestión pública, son también de carácter simbólico, basadas en creencias, códigos culturales y saberes que sostienen las lógicas y prácticas institucionales. Por esta razón la capacitación y la asistencia técnica a organismos, instituciones y organizaciones sociales resultan claves para el logro de una mayor cultura de igualdad de género y una mayor sensibilidad frente a las diferentes manifestaciones de discriminación de las mujeres. Se necesita subrayar los vínculos entre la igualdad de género y el crecimiento económico, la productividad del trabajo, el desarrollo, los valores y la igualdad social, y convencer de que la lucha por el logro de esta última no es un tema únicamente de defensa de los derechos legítimos de un sector de la población, sino una condición para el desarrollo con justicia social. También se requiere mejorar la calidad de la gestión del Mecanismo Nacional. Al ser una organización femenina masiva, estructurada desde las comunidades y que incluye los más amplios sectores de mujeres, la elaboración de políticas de género diferenciadas y una atención más eficiente a los distintos grupos según edad, raza, inserción socioclasista, orientación sexual, constituye un reto permanente. Asímismo, hace falta perfeccionar la estrategia comunicacional de la organización femenina y hacer cada vez mayor uso de la tecnología moderna y las redes informáticas para que los mensajes de igualdad y justicia social lleguen a todos los espacios y se conviertan en objeto de debates y reflexión públicos.
La lógica económica de las prioridades del Estado debe compatibilizarse con la de género, y desarrollar las capacidades estratégicas y de gestión que permitan contrarrestar la tendencia de algunos organismos e instituciones a no otorgar prioridad a estos temas. Lo más complejo resulta, por supuesto, cambiar una cultura patriarcal, instalada por siglos en la conciencia y en las prácticas, lo cual no se resuelve exclusivamente con la promulgación de leyes y el accionar institucional, sino que implica lo personal, lo familiar, lo comunitario y la experiencia histórica. Los aspectos de la subjetividad social e individual, vinculados con patrones culturales discriminatorios, han condicionado representaciones, actitudes, valores y conductas acerca de lo femenino y lo masculino que continúan siendo algunas de las bases de las desigualdades existentes, y un obstáculo para mayores avances.
El problema de la autonomía de la mujer: problemas y limitaciones
La situación de las cubanas se ha transformado sensiblemente: políticas, programas y medidas concretas para su adelanto, unidas a su activa participación en todos los procesos de cambio, han permitido la conquista de su autonomía como seres humanos. Para fundamentar esta idea, tomaré como base tres ejes que atraviesan tanto la vida privada como la pública de las mujeres: la autonomía económica, la física y la toma de decisiones, esenciales para garantizar el ejercicio de sus derechos en un contexto de plena igualdad.5
Autonomía económica
Uno de los aspectos esenciales de la autonomía económica, ha sido la mayor oportunidad de independencia de la mujer para generar ingresos y recursos propios, mediante el acceso al trabajo remunerado. El número de mujeres de catorce años y más que trabajaban ?con o sin remuneración?era, en 1953, de 247 674, 12% de la fuerza de trabajo total. En 1990, esa cifra llegó a más de un millón y medio, o sea, seis veces más.6 El año 2007 cerró con 40,04% de mujeres en el total de ocupados en la economía. En el sector estatal civil ?mayoritario? ascendieron a 46,23% de de sus trabajadores. La tasa de participación económica femenina es actualmente de 59,1%, lo que indica que más de la mitad de las mujeres en edad laboral se encuentra ocupada.
Un papel protagónico en este logro lo han tenido las Comisiones Coordinadoras de Empleo Femenino, creadas en 1981 e integradas por representantes del Ministerio del Trabajo y Seguridad Social, de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) y de la FMC. Están constituidas a nivel municipal, provincial y nacional, y son, desde su creación, una garantía para proteger las prioridades de empleo a la mujer.
El análisis de cuáles son los puestos de trabajo a que acceden las mujeres resulta esclarecedor en este sentido. En Cuba, el empleo femenino pasó de los puestos de menor calificación, reconocimiento y remuneración, a un proceso de feminización de la fuerza técnica y profesional. Hace muchos años que las mujeres representan más de 60% de esta fuerza (65,6% en 2007), lo que incide positivamente en la ciencia, la economía y la sociedad en general.
Sectores cuyo desarrollo ha sido priorizado por la Revolución, como la educación y la salud, son predominantemente femeninos. Bastaría mencionar que antes del triunfo revolucionario 6,5% de los médicos eran mujeres y hoy la cifra ha aumentado a 56%. Del personal docente en todos los niveles de enseñanza, ellas son actualmente 69,6% y en la educación superior 52,5%. Con su aporte económico, contribuyen a elevar los ingresos familiares y al mejoramiento de las condiciones de vida de sus hogares, lo que tiene una repercusión significativa en las relaciones de poder dentro de las familias.
Este hecho ha podido ser constatado al indagar quién toma las decisiones más importantes en la familia. En una investigación nacional con una muestra de 1 125 familias completas (con presencia de ambos padres) de trabajadores intelectuales y de inserción socioclasista obrera, al preguntarle a los dos miembros de la pareja quién tomaba las decisiones más importantes en la familia 63,6% de los hombres y 66,2% de las mujeres respondieron que «en conjunto».7 De igual forma ha aumentado notablemente el número de mujeres que se declaran jefas de hogar, aun estando casadas o unidas. En el censo de 1953, 14% de los jefes de hogar fueron mujeres, para 1981 esta cifra se duplicó (28%) y en 2002 ascendió a 40,6%. Un elevado porcentaje tiene pareja estable, lo que indica un cierto cambio en el reconocimiento de la jefatura de hogar femenina, lo que puede estar asociado a diferentes factores como la recomposición de la familia por un nuevo matrimonio donde los hijos son de la mujer, la propiedad de la vivienda, y otros aún por investigar.
El acceso de la mujer al empleo, a la educación, a la vida pública, no debe ser valorado como una victoria absoluta, ya que, aunque es un importante logro, puede recibir manifestaciones de discriminación en diferentes instituciones, las cuales pueden expresarse en su escasa presencia en algunos sectores de la economía, en los órganos de toma de decisiones, y en las afectaciones por la doble jornada. Así, cuando se analiza la ocupación de las mujeres, según las formas de propiedad, es mucho menor, en el sector no estatal. Son solo 15,8% de los ocupados. En particular, en el sector cooperativo su participación sigue siendo aún muy baja (17,22%).
Un estudio reciente sobre la situación de la mujer rural incorporada a formas de producción cooperativa en la agricultura, específicamente en las Unidades Básicas de Producción Cooperativa (UBPC) y en las Cooperativas de Producción Agropecuaria (CPA), muestra, entre otros resultados, que las mujeres se han ido posesionando, «paulatina y discretamente», de puestos no tradicionales para ellas: macheteras, operadoras de combinadas cañeras, choferes de camión, jefas de finca, etc.; pero aún es baja su presencia en estas actividades.8 Se pudo constatar, además, que donde esto ocurre, ellas controlan recursos importantes, incluso los productivos, pero solo a nivel de base o de mandos intermedios; la tecnología continúa siendo controlada por hombres. También su presencia en niveles superiores de dirección es aún limitada y se restringe, básicamente, a las actividades no relacionadas con el proceso productivo.
Los resultados de esta investigación apuntan a que los obstáculos fundamentales para el empoderamiento de la mujer rural siguen estando en la sobrecarga de responsabilidades domésticas y de atención a los hijos, unida a insuficiente preparación técnica, lo que disminuye sus posibilidades de transitar a puestos de mayor complejidad y remuneración salarial. De igual forma, la responsabilidad familiar repercute en sus ausencias al trabajo y, en alguna medida, afecta su remuneración en comparación con los hombres.
En la década de los 90, se avanzó en la creación de puestos de trabajo estables para las mujeres, quienes alcanzaron la categoría de miembros permanentes de las cooperativas; no obstante, aún muchas de ellas trabajan jornadas completas; pero su labor no es reconocida ni remunerada, ni aparecen en las estadísticas de miembros de las cooperativas. Su trabajo es «invisible».
Existen todavía ramas específicas de la actividad económica donde las mujeres tienen una baja presencia. Por solo mencionar algunas, están la agricultura (17,4%), la construcción (15,7%), la minería (19,1%). La mayor proporción (41,5%), la ocupan las actividades «no productivas» o de servicios, como comercios, restaurantes y hoteles. En establecimientos financieros, cajeros y bienes inmuebles representan 52,4% de los trabajadores, y 51,3% en los servicios comunales, sociales y personales.
Esta desproporción en algunas actividades económicas está influida por muchos factores, entre los que, a mi juicio, tiene un importante peso la tradición masculina del empleo de que se trate y, por lo tanto, la consideración de que no son empleos «propios» para mujeres, derivada, sin dudas, del proceso de socialización de género en las familias y la escuela, que aún presenta rasgos sexistas.
Puede observarse que, aunque ha ido creciendo su presencia entre los graduados de especialidades tradicionalmente «masculinas», como la ingeniería química, la industrial, las matemáticas, la economía, por solo citar algunas; su más alta concentración se encuentra en las ciencias pedagógicas, médicas y sociales y humanistas. Esto, como es lógico, se refleja posteriormente en el tipo de actividad económica que desempeñan. Incluso, dentro de las ciencias médicas, existen especialidades con baja representación femenina, como por ejemplo, cirugía (12,3%) y ortopedia y traumatología (10,7%).
En relación con los pagos, como ya fue mencionado al inicio, una de las primeras medidas tomadas por la Revolución fue la igualdad de salarios de hombres y mujeres por trabajo de igual valor, conquista por la que aún luchan muchas mujeres en el mundo. No obstante las ausencias de estas al trabajo, provocadas fundamentalmente por cuidar a los hijos y otros familiares, originan una diferencia desfavorable de un 2% menos del salario, en comparación con los hombres ocupados en cargos de la misma complejidad, igual categoría ocupacional y grupo de escala salarial.9
Aún cuando las leyes y otras regulaciones cubanas permiten a mujeres y hombres acogerse a la licencia para cuidar del bebé y acompañar a familiares de cualquier sexo en hospitales, sigue recayendo sobre la mujer la mayor exigencia familiar y social de ocuparse de tales asuntos y ello repercute no solo en su distribución del tiempo, sino en el desempeño laboral y la cuantía del salario que percibe. En modo alguno se trata de la implementación de una política que afecte en específico a las mujeres, pero se produce de hecho una diferencia en los ingresos.
La irrupción de las mujeres en el espacio público ha tenido lugar entonces, dentro de un profundo proceso ?lleno de contradicciones? de transformaciación de la práctica y de conciencia social, en el que participan, como protagonistas, mujeres que reconstruyen y redefinen su papel de madre y esposa, y otras que mantienen formas más tradicionales de vida, pero en el desarrollo de tal proceso no todas cambian, y no solo las mujeres, sino también los hombres.
Las relaciones equitativas de género avanzan lentamente, dejando a la mujer una carga desproporcionada al tener que compartir el trabajo asalariado con el trabajo doméstico no pagado. La ruptura entre los ámbitos «público» y «privado» aún no ha podido ser superada. Grandes tensiones se generan al tratar de compatibilizar vida familiar y trabajo, los cuales afectan tanto a hombres como a mujeres en cuanto al tiempo disponible para atender a las personas dependientes y los «quehaceres del hogar». Sin embargo, son las mujeres las más sobrecargadas por sus múltiples roles: su trabajo fuera del hogar, su responsabilidad en las tareas domésticas y su importante activismo en las organizaciones comunitarias. En particular, las madres de niños menores de seis años que se incorporan al trabajo asalariado, están especialmente en desventaja. La investigación con familias completas, ya mencionada, constató que en 59,4% de las estudiadas existía un modelo «desigual» de distribución de tareas domésticas, en el que la mujer deviene responsable máxima de las obligaciones. Además, mostró que en las familias donde la mujer es ama de casa predomina el modelo tradicional de distribución de tareas domésticas, en comparación con las de mujeres trabajadoras asalariadas, donde es más equitativo, y más aún en aquellas donde las mujeres son dirigentes. Sin embargo, de cualquier forma, todas ellas, amas de casa, intelectuales o dirigentes, siguen siendo las principales responsables de las tareas domésticas, y la sobrecarga les exige mucho esfuerzo, con importantes costos para sus relaciones sociales y familiares, y su salud física y psíquica.10
Estudios más recientes sobre el uso del tiempo constataron esta misma sobrecarga. La encuesta fue realizada en municipios seleccionados de Ciudad de La Habana, Pinar del Río y Granma y sus resultados solo son aplicables a dichos municipios, pero en todos ellos, ya sea en las zonas urbanas o rurales, las mujeres dedican más tiempo al trabajo doméstico que los hombres. Así, por ejemplo, en La Habana Vieja dedican 3,55 horas como promedio a esta labor, mientras que los hombres 1,17 horas. En Bayamo, zona urbana, ellas dedican 4,39 horas, mientras que los hombres 1,28 horas. En zonas rurales, el tiempo dedicado a estas tareas por ambos sexos es más alta, pero se mantiene la sobrecarga para las mujeres. En Granma, por ejemplo, estas dedican 5,59 horas al trabajo doméstico y los hombres 2,25 horas, como promedio.
En resumen, cuando se analiza el total de horas trabajadas por hombres y mujeres de los municipios estudiados (incluyendo ambas zonas) en el trabajo remunerado y en el no remunerado (fuera o dentro del hogar), las mujeres tributan el 29% del total del tiempo al primero y el 71% al segundo, mientras que los hombres 67% y 33% respectivamente.11 Mientras que en la zona urbana el trabajo no remunerado ocupa 69% del total de horas trabajadas por las mujeres y 28% por los hombres, en la zona rural esta proporción es de 80% para las mujeres y 40% para los hombres.
Los servicios sociales que facilitan a la familia trabajadora el cuidado de niños y ancianos son insuficientes y no responden a las demandas. La construcción, reparación y ampliación de círculos infantiles que tuvieron su mayor auge a finales de la década de los 80, se han visto frenadas por la difícil situación económica enfrentada por el país en toda esta etapa y también por la resistencia a flexibilizarlos, de acuerdo con las nuevas condiciones. Lo mismo ocurre con otros servicios de apoyo al hogar que contribuiyen a la compatibilización trabajo-familia.
En resumen, la sobrecarga doméstica de las mujeres representa un obstáculo importante que limita su desarrollo personal y social, el disfrute de su tiempo libre, la participación en la toma de decisiones, y es determinante en la aparición de problemas de salud.
Incidencia particular en la autonomía de estas ha tenido la elevación de su nivel escolar y cultural. El promedio de escolaridad en Cuba se ha elevado a 9,5 grados. Las mujeres están presentes, en condiciones de igualdad con respecto a los hombres, en todos los niveles de enseñanza. Datos anteriores a 1959 mostraban que la tasa neta de matrícula de niñas en la educación primaria era solo de 56,1% y que la población femenina con nivel superior era de 0,3%. Desde 1980, representan más de 50% de los graduados universitarios y desde 2000, más de 60%. En el curso escolar 2006-2007, 65% de los egresados fueron mujeres. 74,3% de las mujeres ocupadas tienen escolaridad media superior (55,8%) o superior (18,5%), en comparación con 55,6% de los hombres (44,4% media superior y 11,2% superior).
En correspondencia, la presencia de las mujeres en la ciencia ha ido en aumento: son 49% de las investigadoras de las unidades de ciencia y técnica, y 51,2% en todo el sistema de ciencias e innovación tecnológica. En el Censo de Población y Viviendas de 1953 se reportaron solo trece mujeres científicas. En los próximos años, se pronostica que estas cifras se mantengan altas, pues la reserva científica es mayoritariamente femenina. Sin embargo, su cantidad sigue siendo menor que la de los hombres en las categorías investigativas de mayor nivel: titulares (34,6%) y auxiliares (42,2%), contra 59,8% de aspirantes y 54% de agregadas. La membresía femenina en la Academia de Ciencias es aún muy baja (26,3%). A pesar de constituir la mayoría de los graduados universitarios desde hace muchos años, solo 31% de los doctores en Ciencias son mujeres y, de igual forma, 30% de los académicos de Honor y Mérito.
Imposible desconocer que la etapa establecida para la obtención de estos grados científicos, coincide, en gran medida, con los años reproductivos de la mujer y que la sobrecarga doméstica, conspira contra el resultado exitoso y en tiempo de la obtención de estas categorías. Se requiere, por tanto, considerar estas diferentes condiciones para poder instrumentar medidas afirmativas que permitan que más mujeres logren grados científicos. Dentro del sector, se presenta también otra desigualdad: no existe correspondencia entre el potencial científico femenino y las que dirigen centros de investigación. De acuerdo con cifras de 2006, de 195 centros registrados, solo 46 (23,1%) estaban dirigidos por mujeres.
Autonomía física
En estos cincuenta años de Revolución, uno de los logros fundamentales para la conquista de la autonomía de las cubanas es el control sobre su propio cuerpo. La sexualidad femenina se ha liberado de las normas religiosas que la asociaban únicamente con la reproducción, y la consideraban «pecaminosa» o condenable fuera del matrimonio. Las leyes que amparan el pleno ejercicio de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres les han posibilitado el acceso a la información y al uso de anticonceptivos, el derecho al aborto y, por lo tanto, la toma de decisiones, informada y responsable, sobre el número y espaciamiento de los hijos, en función de sus intereses y posibilidades. Desde la década de los 70, la fecundidad cubana es baja, condicionada por un conjunto de factores económicos y sociales, entre los que se encuentran la emancipación y el desarrollo alcanzado por las mujeres. La tasa actual es de 1,43 hijos por mujeres.
La educación sexual desde la más temprana infancia, incluida como programa en todos los niveles de enseñanza, ha contribuido a barrer paulatinamente las viejas concepciones y prejuicios.
Importantes cambios han tenido lugar en las valoraciones sociales basadas en prejuicios que estigmatizaban a la mujer y justificaban su discriminación, por ejemplo, la condición de ser o no virgen al momento del matrimonio, estar divorciada, mantener una unión consensual, tener hijos naturales y otros. No son estas las preocupaciones de las mujeres en la actualidad, ni las que limitan su desempeño familiar, profesional y social. Se ha erosionado uno de los principales bastiones del poder masculino: el control de la sexualidad femenina.
Este proceso no ha sido sencillo, si se tiene en cuenta que uno de los elementos socioculturales que integran la masculinidad es la sexualidad erróneamente reducida al concepto de instinto, y, por lo tanto, considerada «natural e incontrolable». La sexualidad femenina, por el contrario, se cree controlable, lo que sitúa a la mujer siempre como «responsable» de la regulación de la fecundidad y de la reproducción. Es ella quien debe «cuidarse», y evitar el embarazo. Muchas, sobre todo las jóvenes, no han aprendido a negociar en un plano de igualdad sus relaciones, y acceden a iniciar contactos sexuales sin la debida preparación y protección, respondiendo a la asignación cultural de «ser complacientes» y ante la demanda de «prueba de su amor» de su pareja.
Es frente a un embarazo adolescente donde se evidencian con mayor claridad las diferencias en la socialización de género recibida por hombres y mujeres, donde la responsabilidad del cuidado y educación de los hijos es principalmente de la madre. Esto provoca que quien tiene que abandonar los estudios o el trabajo es la muchacha, posponiendo sus intereses de superación y desarrollo profesional, mientras que la pareja continúa su vida. La irresponsabilidad masculina ante la sexualidad se extiende entonces al ejercicio de la paternidad. Siguen siendo frecuentes en nuestro medio las manifestaciones de una paternidad irresponsable, relegada a un segundo plano, sobre todo en condiciones de divorcio o separación. Esta construcción social de los varones los ha colocado como espectadores en la procreación y educación de sus hijos, lo que propicia que se pierdan valiosas referencias y vivencias para su propio crecimiento personal, y costos en el plano psicológico para ellos y sus hijos.
Cada vez más hombres ganan espacio en la atención y cuidado de sus hijos. Su presencia se nota más en círculos infantiles, centros escolares, hospitales y en todos aquellos lugares donde los niños asisten y se relacionan; diecinueve hombres se han acogido a la licencia paterna, aprobada en el 2003 a propuesta de la FMC. Sin embargo, la responsabilidad del cuidado de otras personas sigue siendo fundamentalmente femenina y, muchas veces, los centros de trabajo no entienden cuando el hombre necesita ausentarse por enfermedad del hijo o cualquier otra situación similar. Involucrarlos en todos los procesos vinculados a la sexualidad y la reproducción continúa siendo una meta que alcanzar.
Durante todos estos años, la Revolución ha continuado priorizando importantes programas de salud dirigidos a la protección y adecuado desarrollo biológico y psicológico de las mujeres, con una importante repercusión en su autonomía física. Bastaría mencionar los programas de prevención de cáncer cérvico-uterino y de mamas, y el materno-infantil. Este último ha garantizado la atención a embarazadas y la salud de madres y niños.12 Como parte de él, se ha trabajado para comprometer cada vez más a los hombres mediante el Programa de maternidad y paternidad responsable.
El acceso universal y gratuito a los servicios de salud se ha reflejado en que la esperanza de vida de las mujeres ha aumentado de 57,89 años (en el período 1950-1955) a 80 años (2005-2007). Los análisis en relación con este indicador muestran, no obstante, que existen reservas para elevarlo, vinculadas con el mejoramiento de su calidad de vida, la disminución del exceso de trabajo y de las tensiones derivadas de la sobrecarga, así como una mejor prevención de enfermedades como la diabetes mellitus, las cerebro-vasculares y otras evitables que constituyen actualmente las principales causas de muerte femenina.
En realidad, se constatan diferencias en la calidad de vida de hombres y mujeres que envejecen: más mujeres que hombres declaran depresiones, artritis, limitaciones para desarrollar actividades de su vida cotidiana y autoperciben su estado de salud como regular a malo.13 El proceso de envejecimiento de la población cubana plantea nuevos retos a las políticas de desarrollo implementadas desde 1959 en diferentes campos, como los servicios especializados de salud, la seguridad social y la vida comunitaria y familiar. La presencia de adultos mayores en los hogares impacta la dinámica de las familias, sobre todo cuando estos requieren de cuidados y atenciones, lo que de hecho sobrecarga la función económica de este grupo y principalmente a las mujeres.
Un aspecto que las priva de su autonomía física es la violencia contra ellas, una manifestación de la desigualdad de género, consecuencia directa de la persistencia de una cultura patriarcal, de conceptos y prácticas discriminatorias. Este tipo de manifestación tiene mayor alcance, variedad y gravedad en dependencia de factores como el grado de violencia estructural imperante en cada sociedad, el desarrollo alcanzado por las mujeres y su participación en la vida económica, política, social y cultural de cada país, así como del nivel de conciencia social e individual en una cultura de respeto y reconocimiento a la mujer, sus derechos y su dignidad.
En el caso cubano, la construcción de una nueva sociedad basada en valores humanistas como la solidaridad, la igualdad, el respeto a los derechos y dignidad de las personas, no es, por esencia, una sociedad generadora de violencia. Cincuenta años de trabajo a favor de la igualdad de derechos y oportunidades para la mujer, y la promulgación y perfeccionamiento de leyes que la amparan, han permitido a las cubanas alcanzar un nivel de desarrollo, participación y autoestima que hacen poco frecuente la tolerancia de estos fenómenos.14 De igual forma, la participación de la comunidad, organizada, facilita la intervención ante estos casos. No obstante, diversas investigaciones constatan que la violencia contra las mujeres se produce en el ámbito doméstico por parientes cercanos y, sobre todo, en el plano psicológico, a través de gritos, amenazas, insultos, humillaciones, entre otras acciones que, generalmente, no son percibidas como violentas al no haber maltrato físico; por tanto, la mayoría de las veces quedan en el ámbito privado y exclusivo de la familia.
Cuando la violencia llega a ser reconocida y denunciada, con frecuencia no recibe el tratamiento adecuado por parte de las autoridades, en tanto consideran que los hechos son «insignificantes y propios del matrimonio». También existen mujeres que retiran sus denuncias por temor a mayores agresiones o porque esperan que «las cosas cambien». Promover relaciones de convivencia, armoniosas y constructivas, en las familias, la escuela y la sociedad, incrementar la divulgación y la capacitación sobre el tema a fin de aumentar la conciencia individual y colectiva sobre la existencia de este fenómeno, e implementar medidas más eficaces de protección a las víctimas y tratamiento a los victimarios, continúan siendo objetivos prioritarios del trabajo que se lleva a cabo actualmente por diversas instituciones y organismos, coordinados por la FMC.
Autonomía en la toma de decisiones
La conquista de la autonomía de las mujeres incluye la toma de decisiones. Este tema ha sido objeto de varias investigaciones del Centro de Estudios de la Mujer y de otras instituciones, y lo he tratado en varios artículos en esta propia revista.15
La presencia de mujeres en puestos de toma de decisiones ha mostrado en estos años un desarrollo ascendente. En los organismos de la Administración Central del Estado constituyen 38,3% de sus dirigentes. Seis ministerios son dirigidos por mujeres (Finanzas y Precios, Industria Básica, Justicia, Auditoría y Control, Educación y Agricultura); las viceministras ascienden a 31 y las que dirigen a nivel provincial y municipal en diferentes organismos ha aumentado también. Entre las directivas, gerentes nacionales y presidentas de entidades hay más de cien.
En particular, la evolución que ha tenido la presencia femenina en los órganos del Poder Popular a sus diferentes niveles, muestra interesantes aristas.16 En nuestro país no se ha optado por un sistema de cuotas como vía para estimular la promoción de mujeres; la FMC diseñó una estrategia integral dirigida precisamente a cambiar tradiciones y pautas culturales, mediante la capacitación, la divulgación, el reconocimiento público de los méritos y éxitos de las mujeres en esta labor, entre otras acciones. Los frutos de dicha estrategia se han palpado en los diferentes procesos eleccionarios en los cuales la promoción de mujeres se ha incrementado. Ya en la VII Legislatura (2006-2007) se alcanzó el mayor crecimiento, a todos los niveles en comparación con años anteriores; resultaron 27,03% de los delegados de circunscripción elegidos, 40,63% de los delegados a las Asambleas provinciales y 43,39% de los diputados. Con esta última cifra, Cuba alcanza uno de los primeros lugares en representación femenina entre los parlamentos del mundo.
Sin embargo, no puede negarse que la sobrecarga doméstica y el cuidado de los hijos y otras personas dependientes ha continuado siendo un obstáculo para la promoción de las mujeres. Un ejemplo de ello fue el decrecimiento de su número en los diferentes niveles de dirección del Poder Popular en el proceso eleccionario de 1993, en pleno Período especial, cuando la influencia de la crisis económica agravó las condiciones de vida de las familias y afectó sensiblemente los servicios de apoyo al hogar. Al hacerse mucho más difícil la vida cotidiana, su rigor recayó fundamentalmente sobre la mujer.17
Por otra parte, los patrones culturales sexistas aún vigentes se manifiestan de manera directa en la opinión de no proponer mujeres «para no sobrecargarlas más», y en el hecho de no seleccionarlas, aunque hayan sido propuestas, lo que ocurre fundamentalmente en las elecciones de delegados de circunscripción. A las mujeres, sin dudas, se les impone un alto nivel de exigencias para su selección como dirigentes, aunque los requisitos sean los mismos que para los hombres. Pareciera que son ellas las únicas que tienen familia, ya que el esposo y los hijos (nacidos o por concebir) pesan en la valoración que de ellas se hace.
Otro asunto importante es la atención y el tratamiento que reciben una vez seleccionadas como dirigentes. La representación social de quien ocupa un cargo está muy permeada por un modelo masculino de dirección, al que se le supone una forma de organización del tiempo de trabajo y una entrega total, que no incluye la vida familiar. Este modelo condiciona una visión que coincide muy poco con la representación de la mujer dedicada a su vida familiar, con menos movilidad y posibilidades que el hombre para solucionar problemas. Cuando ellas asumen responsabilidades de dirección están obligadas a desempeñarse dentro de estas reglas de juego y generalmente se olvida que aún siguen siendo las principales responsables de las tareas domésticas y de los hijos. Si no hay conciencia ni comprensión de las instituciones, se limita aún más la disposición de la propia mujer para asumir esos cargos.
Por esta última razón, la llamada «autolimitación» de la mujer no está solo permeada por factores subjetivos vinculados con la autovaloración de sus capacidades, también tiene en su base condiciones que la limitan objetivamente. Puede observarse que es en el nivel municipal —delegadas de circunscripción? donde menos se avanza, lo que resulta, de cierta manera, paradójico si se tiene en cuenta que son mujeres principalmente las dirigentes de las organizaciones de masas a nivel de las comunidades, y su activismo y dedicación son reconocidos por todas las autoridades.
Otra arista del problema, es que tanto en el Poder Popular como en los organismos de la Administración Central del Estado, hay menos representación de mujeres en la medida que se asciende en los niveles donde se toman las decisiones más importantes. Así por ejemplo, aunque se ha ido avanzando, de 169 presidentes de Asambleas Municipales, 32 son mujeres, para 18,93%; de los catorce presidentes del Poder Popular en provincias, solo hay una mujer.18 En el caso del Consejo de Estado, si bien en las últimas elecciones fueron promovidas dos mujeres más, de 31 miembros, en la actualidad hay ocho mujeres (25,81%).
La responsabilidad en la cual están más representadas las mujeres es como secretarias de las Asambleas: 59,17% en las municipales y 50% en las provinciales. La de la dirección de la Asamblea Nacional, compuesta por 3 miembros, también es mujer.
De un proceso eleccionario a otro se evidencia una mayor conciencia de la justicia al elegir mujeres, y de su importante papel en la sociedad, tanto en la población en general como en los dirigentes que integran los comités de dirección de las organizaciones de masas y en las Comisiones de Candidatura a todos los niveles.
No obstante, aún no resultan suficientes las mujeres propuestas para integrar la cantera de delegados a asambleas provinciales y a la Nacional. Son la FMC y la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) las organizaciones que proponen mayor número de ellas. En las asambleas provinciales y en el Parlamento está establecido por ley que hasta 50% de los delegados y diputados provenga de la base, por lo que al ser menos las elegidas delegadas de circunscripción, disminuya su representación directa en esos niveles.
Esto logra revertirse en cierta medida cuando las mujeres ocupan puestos directivos en las direcciones provinciales y nacionales de los OACE y de las organizaciones de masas, pues cuentan con mayores posibilidades de ser propuestas y electas, al ser su gestión más conocida y reconocida. Nutren así el otro 50% de la cantera de delegados provinciales y diputados.
En nuestro país existe la voluntad política y las condiciones para el mayor acceso de las mujeres a la toma de decisiones en las diferentes áreas, mucho más si tenemos en cuenta que ellas son mayoría entre los técnicos y profesionales. Continuar sensibilizando en cuestiones de género a dirigentes y funcionarios, a maestros, a padres y madres, a niños y jóvenes, constituye un imperativo para lograr los cambios necesarios en la conciencia individual y social.
Subjetividad y género
Las representaciones sociales de ser mujer y ser hombre han ido cambiando a lo largo de estos años. En la práctica investigativa se ha constatado cómo muchas cualidades consideradas propias del «ser hombre» o del «ser mujer» ?estereotipos culturalmente establecidos? han sido rotos en nuestro contexto. Cualidades como ser inteligentes, capaces, trabajadoras, creativas, decididas, activas socialmente, libres, son hoy reconocidas y atribuidas por muchas personas al «ser mujer». La ternura, el cariño, la responsabilidad en la familia, la dedicación, se consideran también esenciales para «ser hombres».19 Estas mismas características ?en definitiva humanas y no sexuaadas? conviven con las tradicionales: dedicadas, fieles, comprensivas, sensibles, organizadas, laboriosas, buenas madres, buenas esposas, para las mujeres; fuertes, valientes, proveedores econonómicamente, viriles, agresivos, para los hombres.
Lo mismo sucede cuando las personas identifican objetos o espacios para mujeres y hombres. A las primeras se les atribuyen la escoba, el collar, los aretes, el búcaro y las flores, los cosméticos; y a los hombres nunca les falta el auto, la botella de ron, el martillo, el machete, el cemento. Cuando se trata de espacios, unas son colocadas en la cocina, la peluquería, la oficina, la tienda, la escuela y el círculo infantil, y otros en la calle, el taller, el estadio deportivo, el campo. En resumen, estamos viviendo en un mundo en el que lo nuevo se va imponiendo, pero aún convive con lo viejo, y todavía existe una distancia entre los ideales igualitarios y algunas prácticas desiguales. Sin dudas, en Cuba el machismo se ha «erosionado»: no predomina una práctica jerárquica masculina generalizada, y cada vez hay una mayor proporción de mujeres y hombres que conciben relaciones más igualitarias y menos jerarquizadas, así como compartidas. Sin embargo, en muchos contextos, tanto matrimoniales como institucionales, es posible constatar aún dinámicas definidas desde lo masculino, algunas de las cuales he descrito en este artículo.
Los procesos de socialización de niños y niñas en las familias y otros espacios, están aún marcados por patrones y códigos culturales esencialmente diferentes. Un mundo de objetos, espacios y palabras parece destinado para los niños y otro para las niñas. Las construcciones de género se interiorizan entonces a través de todo un trabajo de socialización entendida como un complejo y detallado proceso cultural de apropiación de formas de representarse, valorar y actuar en el mundo. La intimidad sigue siendo el centro de la educación de las niñas como clave para establecer un mundo de vínculos interpersonales: apoyar a los otros, comprenderlos, ayudarlos, servirles, lograr consenso, protegerse contra los intentos de quedar fuera; pero también es evidente que hoy se las educa, mucho más que antes, para la independencia. Ellas «deben valerse por sí mismas», «estudiar y trabajar para que no dependan de nadie», «decidir su vida», «que nadie venga a mandarlas».
La educación de los varones está centrada fundamentalmente en la independencia: el hombre debe saber qué hacer y decirle a los otros qué deben hacer, tiene que ser capaz de desenvolverse en el mundo del poder y del estatus y para tener éxito hacen falta, además de la independencia, la decisión, la valentía, la agresividad, la fortaleza, la capacidad de correr riesgos, el control sobre sí mismos y no solo ser todo eso, sino demostrarlo constantemente. En muchas familias, entonces, a los niños no se les asignan responsabilidades domésticas, solo son «de la calle» y asimismo se les dedica menos tiempo para conversar de temas íntimos y personales.
En la escuela, estos patrones se reproducen, sobre todo en el llamado «currículo oculto». Aunque niños y niñas acceden por igual a los distintos niveles de educación, y está establecido por ley que deben ser tratados sin ningún tipo de distinción basada en el sexo, las relaciones maestros-alumnos están matizadas, de hecho, por la cultura sexista heredada, lo que se observa a veces en la distribución de hembras y varones para algunas actividades y tareas extraescolares como juegos y deportes, y puede ser también apreciado en imágenes de los libros de texto.
De manera general se ha constatado que aún no es suficiente el conocimiento sobre género de los educadores para el trato adecuado a niños y niñas, y a los adolescentes, y que no siempre los mensajes educativos que se trasmiten por los medios de comunicación y en la literatura tienen un enfoque de género.20
Así, a partir del reconocimiento de los avances en la conciencia social y personal, es preciso identificar algunos elementos que constituyen obstáculos o frenos a un mayor adelanto en el plano de la subjetividad. Ellos son:
--- La biologización o naturaliización de muchos de los roles de género. --- Los temores a inducir una orrientación sexual no heterosexual cuando se rompen los estereotipos de género en la manera de educar, sobre todo a los varones. --- Las presiones sociales en algunos grupos y comunidades que obstaculizan, o no reconocen, los cambios. --- Las contradicciones en los procesos educativos entre la familia, la escuela, los medios de comunicación y otros espacios formativos. --- La sobrevaloración de los cambios ocurridos en la posición de la mujer, pensando que ya «todo se ha logrado». --- La confusión de «género?? con «mujer», lo que limita la participación de los hombres en el cambio y una adecuada transversalidad de esta categoría en las políticas.
A modo de conclusión
Los resultados de investigaciones desarrolladas durante todos estos años sobre el tema de la mujer y, posteriormente, sobre las relaciones de género en la sociedad cubana, permiten reconocer contradicciones en las que se hace necesario trabajar para revertir algunas de las desigualdades entre hombres y mujeres, aún existentes:
--- Crecimiento de la particiipación de la mujer en la fuerza de trabajo y la persistente división sexual del trabajo doméstico. --- La insuficiente infraestructura de servicios públicoos dedicados al «cuidado social» de personas dependientes (niños, ancianos, etc.) para garantizar la productividad del trabajo y la vida social y familiar. --- La distancia entre los ideales igualitarios de muchas personas y sus prácticas desiguales, sobre todo en la familia y otros espacios socializadores. --- El elevado papel que se le confiere a la familia en la sociedad y las limitadas exigencias sociales al hombre para que se involucre de manera responsable en los procesos relacionados con la reproducción, el cuidado y atención a los hijos, y la participación compartida en las tareas domésticas. • El acceso de mujeres a puestos de toma de decisiones y las exigencias establecidas a partir de un modelo predominantemente masculino de dirección. • El desconocimiento sobre el tema de personas encargadas de diseñar, ejecutar y evaluar las políticas de género como forma de gestión política. La igualdad de género alude a la plenitud humana de mujeres y hombres y por lo mismo, parte del reconocimiento de su diversidad. La Revolución cubana ha tenido como uno de los pilares fundamentes de su programa de desarrollo la eliminación de toda forma de discriminación basada en el sexo, que obstaculice o prive a las mujeres del disfrute de los mismos derechos y oportunidades que los hombres. El logro de la igualdad no ha sido condicionado a la creación de una desarrollada base material, sino que, en todo el proceso revolucionario, ha habido una clara conciencia de la necesidad de que el desarrollo económico y social esté acompañado de un profundo trabajo educativo encaminado a eliminar los prejuicios y estereotipos sexistas, a reconceptualizar los roles que hombres y mujeres desempeñan en la sociedad; en fin, a una verdadera transformación cultural de los valores y las identidades. El camino no ha sido fácil, ni libre de obstáculos y resistencias. Nos corresponde a todos juntos, hombres y mujeres, construir un mundo cada vez más justo. Las cubanas sentimos el orgullo de vivir en un país donde se nos respeta y se nos toma en cuenta, donde conocemos, y por eso defendemos, el valor de la palabra libertad y, en consecuencia, somos partícipes activas en la construcción de una sociedad socialista más justa, equitativa y humana. El papel que han desempeñado las mujeres a lo largo de estos años fue reconocido por Fidel Castro en un mensaje con motivo del 45 aniversario de la Federación de Mujeres Cubanas:
A tan decisiva entrega, la Revolución ha respondido con el más elevado respeto por sus mujeres, con la búsqueda de cada vez más amplios y prometedores caminos por el desarrollo de sus potencialidades, con las posibilidades de acceso a profesiones y trabajos arbitrariamente prohibidos para su sexo, con la más ferviente lucha contra la discriminación de la mujer, estigmatizante rezago que es inaceptable en nuestro objetivo de crear la sociedad más justa y más humana que se haya conocido [?] Los grandes planes y los humanos propósitos que tenemos por delante serán, en primer lugar, para beneficio de nuestras mujeres, heroínas de los tiempos duros y creadoras de los tiempos de fundación.21
Notas
1. La elaboración del Plan de Acción fue el resultado de un amplio y democrático debate en el que participaron organismos del Estado y del gobierno, instituciones académicas, centros de investigaciones y organizaciones sociales, en el Seminario nacional Las cubanas de Beijing al 2000, donde se evaluaron los resultados obtenidos hasta ese momento en las políticas dirigidas a la mujer, los obstáculos y retos al futuro. Véase Federación de Mujeres Cubanas (FMC), Las cubanas: de Beijing al 2000, Editorial de la Mujer, La Habana, 1996 y Plan de Acción Nacional de Seguimiento a la Conferencia de Beijing. República de Cuba, Editorial de la Mujer, La Habana, 1998.
2. Sonia Montaño, Sostenibilidad política, técnica y financiera de los Mecanismos para el Adelanto de las mujeres, Presentación en la 39ª reunión de la Mesa Directiva de la Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe, CEPAL, 11 y 12 de mayo del 2006, México, D. F., 2006.
3. Como categoría de las ciencias sociales, el género es fundamental para entender las formas de interacción entre seres sexuados diferentes. Es, esencialmente, un hecho de cultura y de relaciones sociales entre grupos e individuos. Las relaciones de género se registran «no solo a nivel de comportamientos, sino en el ámbito de las formas culturales y simbólicas de la percepción social del sexo». Véase Ana María Goldani, Reinventar políticas para familias reinventadas: entre la realidad brasileña y la utopía, Familias y políticas públicas en América Latina. Una historia de desencuentros, CEPAL, Santiago de Chile, 2007. 4. FMC, Algo más que palabras. El post-Beijing en Cuba: acciones y evaluación, Editorial de la Mujer, La Habana, 1999; y II Seminario Nacional de Evaluación del Plan de Acción Nacional de Seguimiento a la Conferencia Mundial sobre la Mujer de Beijing, La Habana, 2001. 5. CEPAL, Antecedentes y propuestas de observatorio de género para América Latina y el Caribe, Santiago de Chile, 2008. 6. Federación de Mujeres Cubanas y Oficina Nacional de Estadísticas, Estudio comparativo sobre la mujer cubana 1953-2006. (En prensa). 7. Inés Reca, Mayda Álvarez et al., La familia en el ejercicio de sus funciones, Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1991. 8. Instituto de Estudios e Investigaciones del Trabajo (IEIT), Estudio sobre la situación laboral de la mujer rural incorporada a las formas de producción cooperativa, Informe de investigación, La Habana, marzo de 2006. 9. IEIT, La presencia femenina en el mercado de trabajo, en las diferentes categorías ocupacionales y sectores de la economía, la segregación horizontal y vertical, los salarios e ingresos en general, Informe de investigación, La Habana, 2007. 10. Inés Reca, Mayda Álvarez et al., ob. cit. 11. Oficina Nacional de Estadísticas (ONE), Encuesta sobre el uso del tiempo, La Habana, 2002. 12. La mortalidad infantil es hoy de 5,3 por cada mil nacidos vivos y la materna por causas directas ha disminuido sensiblemente (21,3 por cien mil nacidos vivos) con respecto al período prerrevolucionario cuya tasa alcanzaba 136,5. Otros programas de salud han tenido también importantes impactos en la autonomía física de las mujeres, como por ejemplo el Programa de Climaterio y Menopausia, el del Adulto Mayor y otros. 13. Centro de Población y Desarrollo de la ONE, CITED, OPS, Esperanza de vida. Cuba y provincias 2005-2007 (folleto), La Habana, 2003. 14. Así lo demuestran diferentes investigaciones realizadas en Cuba (Clotilde Proveyer, Identidad femenina y violencia doméstica, una aproximación desde la Sociología, tesis de Doctorado, Universidad de La Habana, 2000, y Caridad Navarrete, citada en Silvia García Méndez et al., Expresión en Cuba del fenómeno de la discriminación directa e indirecta contra la mujer. Medidas adoptadas para prevenir, atender y sancionar los casos que se presenten. Medidas especiales de carácter temporal existentes y conveniencia de aplicar otras, Informe de investigación, La Habana, 2007. También una investigación nacional sobre la violencia familiar en los Estados Unidos mostró que la violencia contra las esposas tenía mayores probabilidades de ocurrir cuando estas dependían económica y psicológicamente de maridos dominantes (National Family Violence Survey, 1975). 15. Mayda Álvarez, «Mujer y poder en Cuba», Temas, n. 14, La Habana, abril-junio de 1998, pp. 13-25, y Mayda Álvarez et al., «¿El poder tiene género? (Un simposio)», Temas, n. 41-42, La Habana, enero-junio de 2005, pp. 153-157. 16. Mayda Álvarez, «La familia cubana: políticas públicas y cambios sociodemográficos, económicos y de género», en Cambio en las familias en el marco de las transformaciones globales: necesidad de políticas públicas eficaces. CEPAL. Santiago de Chile, 2004. 17. En el año 1992, solo 13,5% de los delegados de circunscripción fueron mujeres, lo que significó un descenso de 3,5%, con respecto al proceso eleccionario anterior (1986), en tanto las delegadas provinciales fueron 23,9% y las diputadas 22,8%, lo que representó una reducción de 3,7% y 11,1% respectivamente. 18. También existen 48 vicepresidentas municipales (28,4%) y dos provinciales (14,29%). 19. Mayda Álvarez, Inalvis Rodríguez y Ana V. Castañeda, Capacitación en género y desarrollo humano, Editorial Científico-Técnica, La Habana, 2004. 20. Mayda Álvarez et al., Situación de la niñez, la adolescencia, la mujer y la familia en Cuba, Editorial de la Mujer, La Habana, 2000. 21. Fidel Castro, «Mensaje a las federadas por el 45 Aniversario de la constitución de la Federación de Mujeres Cubanas», Mujeres, n. 3, La Habana, 2005.
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Por lobogabriel - 28 de Enero, 2009, 12:43, Categoría: lecturas
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